6. Algunos frutos
15 Febrero 2011 Publicado el 15 Febrero 2011
En general, se puede decir que todo lo que desde el principio apareció ya como fruto inicial en la etapa anterior, ahora se consolida y adquiere la estabilidad propia de un estilo de vida. Además, hay que añadir cuanto se dice del tipo de conversión propio de esta etapa. De todos modos hay algunos frutos particularmente significativos que se pueden señalar a propósito de esta etapa.
El primero y más importante es la experiencia que el pueblo tiene de "ser de Dios" y de que "Dios está en medio de su pueblo". Sentirse y saberse "pueblo de Dios" que participa, vibra y quiere vivir de los mismos ideales y valores. Se encuentra consigo mismo como pueblo de Dios y tiene la conciencia sapiencial de que allí, en su interioridad, vive el Espíritu que es Dios, allí donde todos se encuentran en la única verdad, en la complementariedad de la parte que cada uno ve y aporta, allí donde el amor busca la convergencia y se sabe amado.
Las familias, por su parte, van tomando conciencia de que de ellas depende tanto la vida de la Iglesia como de la sociedad. La vida familiar se encuentra cuestionada por la fe y puesta en condiciones de tener que definirse ante ella. Insensiblemente la fe y las cosas relacionadas con la comunidad eclesial pasan a ser el tema prevalente del diálogo familiar. La oración y su pertenencia a la comunidad eclesial y a lo que ella implica, incluida la necesidad de proclamar la propia fe, entra a formar parte de su vida cotidiana y resulta como el "aire" que se respira.
Además, en la elaboración de los documentos sinodales aparece la sabiduría popular unida a la religiosidad y al sentido de la fe (sensus fidei) del pueblo cristiano y que los presbíteros viven con gozo, dándose cuenta de que, en realidad, ellos más que "maestros" en el sentido común de la palabra (alguien que enseña algo a alguien que no sabe), lo son en el sentido de educadores que facilitan, promueven y ayudan al pueblo a expresar lo mejor de sí, lo que Dios dice desde la conciencia de su pueblo y que ellos, a su vez, en virtud del ministerio recibido, confirman en nombre de Cristo. Entonces, todo el pueblo de Dios, incluido el presbiterio, sabe cual es la voluntad de Dios sobre él.
Un último fruto es que el Sínodo diocesano resulta, de hecho, la experiencia más significativa de participación del pueblo de Dios en la elaboración del plan diocesano de la tercera etapa.
De lo dicho, sin embargo, no se debe creer que ya todo está logrado. Todo se da en la debilidad, en la fragilidad de personas y de una comunidad que todavía está como saliendo de su adolescencia espiritual, gozosa de su experiencia, pero también más consciente de su debilidad y de que lo que ha dicho y expresado en el Sínodo es más expresión de su ideal, de lo que quiere vivir que de cuanto de hecho vive. Pero, querer vivir y reconocerlo como tal es ya el comienzo del camino que llevará a todos a vivirlo en una cierta medida, abierta a mejores y más auténticas realizaciones.
